Entre zapateados y faldeos: Ballet folklórico de México de Amalia Hernandez

Publicado el 6 de abril de 2026, 10:57

Fotografía: Abraham Rodríguez Castro y Regina Álvarez 

Redacción: Jhony Velasco 


Ciudad de México.— El Ballet Folklórico de México de Amalia Hernández se presentó este sábado 4 y domingo 5 de abril a las 18:00 horas en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, donde ofreció una función acompañada de música en vivo que destacó por la ejecución de movimientos tradicionales y la fuerza escénica de sus intérpretes.

Durante la presentación, los bailarines, en conjunto con los músicos —guitarras, trompetas, violines y arpas—, desarrollaron coreografías que integraron zapateado, giros, cruces escénicos y el característico faldeo, sobresaliendo el momento del “plato”, en el que las faldas se abren completamente como parte del lenguaje visual de la danza folklórica. A ello se sumó la participación de charros, quienes incorporaron acrobacias con el lazo, ejecutando suertes que añadieron dinamismo y asombro a la puesta en escena.

El espectáculo logró captar la atención del público gracias a la precisión de los movimientos y la sincronía con la música en vivo, generando una experiencia que combinó tradición, ritmo e identidad cultural en un mismo escenario.

A partir de ese momento, la experiencia se volvió completamente sensorial. El sonido del zapateado retumbaba en la duela y subía por el cuerpo como una vibración constante, mientras el rasgueo de las guitarras marcaba el pulso. Las trompetas irrumpían con fuerza brillante, el violín se deslizaba como un hilo fino entre cada compás y el arpa, al interpretar el Huapango de Moncayo, llenaba el espacio con una resonancia profunda y emotiva.

En otro momento, los acordes de La Bamba encendieron el escenario: el ritmo ágil y festivo impulsó un zapateado más ligero y juguetón.

La atmósfera cambió con la interpretación de La Sandunga, mientras que el Jarabe Mixteco y los Sones chilenos mantuvieron el dinamismo del espectáculo.
El mariachi tomó protagonismo con El Cascabel, Guadalajara y Cielito Lindo, generando una conexión directa con los asistentes.

En un giro inesperado, el mariachi interpretó el danzón Rigoletito e invitó al público a bailar. Integrantes del ballet descendieron del escenario e interactuaron con los asistentes, guiando pasos, marcando el ritmo y compartiendo sonrisas. Por un momento, la distancia entre artista y espectador desapareció, convirtiendo el teatro en una pista viva donde la experiencia se volvió colectiva y cercana.

El clímax llegó con El Son de la Negra, donde la energía alcanzó su punto más alto, seguido de un cierre emocional con el Jarabe Tapatío.

Finalmente, el ambiente se llenó de identidad y emoción cuando el mariachi retomó Cielito Lindo, provocando que el público acompañara con sus voces. Entre aplausos, sonrisas y un sentimiento colectivo, resonó el grito de “¡Viva México!”, marcando un cierre vibrante y profundamente emotivo.

En contraste, los charros realizaban acrobacias con el lazo, mientras el faldeo y el “plato” aportaban momentos visuales de gran impacto a lo largo de la función.
El público, completamente inmerso, no solo observaba: sentía. La música vibraba en el cuerpo, los movimientos atrapaban la mirada y la experiencia se volvía colectiva.
Al final, el aplauso selló una presentación que no solo mostró danza, sino identidad, memoria y emoción compartida.

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