Fotografía: Manuel Huenter y Abraham Rodríguez Castro
Redacción: Manuel Hunter
Hay obras que uno fotografía… y hay obras que, sin darte cuenta, también te encuadran a ti.
La danza que sueña la tortuga se presenta ligera, casi juguetona, como si todo fuera risa y enredos. Pero debajo de esa superficie hay algo que se mueve distinto… más lento, más profundo. Algo que duele.
Porque el desamor aquí no es dramático ni exagerado. Es silencioso. Vive en lo que no se dijo, en lo que se dejó pasar, en esa sensación de que el tiempo avanzó… y uno se quedó esperando el momento correcto que nunca llegó.
Y entonces pasa algo.
Entre equivocaciones, risas y momentos que parecen pequeños, empieza a abrirse espacio algo más honesto. Más valiente. El amor no como ideal perfecto, sino como una decisión. Como un riesgo. Como ese instante en el que alguien, por fin, se atreve a sentir.
El montaje entiende eso. No fuerza nada. Deja que la historia respire, que los personajes se sostengan en sus silencios y que el espectador encuentre su propio reflejo en ellos.
Fotografiar esta obra fue estar atento a esos momentos: cuando la risa se rompe apenas… cuando la mirada cambia… cuando algo dentro de la escena —y dentro de uno— se acomoda distinto.
Porque al final, la tortuga sueña.
Y a veces, sin darnos cuenta, nosotros también.
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