Mozart y una tuba soñadora llenan de música el Teatro Esperanza Iris.

Publicado el 3 de agosto de 2026, 20:29

Fotografia: Alex Jaramillo y Jhony Velasco

Redacción: Jhony Velasco

Ciudad de México, 1 de agosto de 2026. Bastó que las luces del Teatro de la Ciudad Esperanza Iris comenzaran a apagarse para que el murmullo de los niños se transformara en silencio. Eran las cinco de la tarde y, sobre el escenario del histórico recinto de Donceles 36, Mario Iván Martínez apareció dispuesto a hacer lo que mejor sabe: contar historias capaces de despertar la imaginación de chicos y grandes.

Sin escenografías monumentales ni efectos espectaculares, el actor sostuvo el escenario durante casi hora y media con lo más valioso que tiene: su voz, un piano y un puñado de marionetas. Cada personaje cobraba vida con un cambio de tono, un gesto preciso o un movimiento de manos, haciendo que el público olvidara que frente a ellos había un solo intérprete.

La primera parada fue la Europa del siglo XVIII. Martínez llevó a los asistentes a conocer a un pequeño Wolfgang Amadeus Mozart, ese niño prodigio que recorría palacios acompañado por su padre, Leopoldo, y su hermana, maravillando a reyes, nobles y músicos con un talento que parecía no conocer límites.

Pero la tarde dio un giro entrañable cuando la historia dejó los grandes salones para entrar a una orquesta donde no todos los instrumentos se sentían igual de importantes.

Ahí apareció Tubby, una tuba enorme, de voz profunda y corazón sensible. Mientras los violines brillaban y las trompetas presumían sus notas, ella parecía destinada a repetir siempre las mismas pocas participaciones. Las bromas de sus compañeros terminaron por convencerla de que quizá no tenía un lugar dentro de la orquesta.

Con el ánimo por los suelos, decidió marcharse. En su camino no estuvo sola: Pipo, un pequeño flautín inquieto y leal, la acompañó en la aventura. Entre árboles, flores y el silencio del campo, ambos encontraron a un simpático sapo cantor que, sin pedir nada a cambio, le regaló a Tubby una melodía propia. Era la primera vez que alguien le recordaba que también ella tenía algo único que ofrecer.

Cuando regresó a la orquesta, todavía hubo quien dudó de ella. El estricto Stradivarius no estaba convencido, pero el director decidió escucharla. Bastaron las primeras notas para que uno a uno los demás instrumentos dejaran atrás sus prejuicios y se unieran a la melodía de la tuba, convirtiendo aquella pieza en un momento de armonía compartida.

Mario Iván Martínez narró la historia con la misma calidez que caracteriza su trabajo. Entre voces, gestos y marionetas, hizo reír, emocionó y arrancó más de una sonrisa tanto a los niños que seguían atentos cada movimiento desde las primeras filas como a los adultos que, por un instante, volvieron a mirar el mundo con ojos de infancia.

Más que un espectáculo infantil, la función terminó siendo un recordatorio de que todos tienen una voz propia y que, a veces, basta con encontrar a quien crea en ella para que pueda escucharse con toda su fuerza.

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