Fotografia: Regina Alvarez
Redacción: Jhony Velazco
El huevo de chocolate donde Regina Orozco guardó el tiempo
La noche del 31 de julio de 2026, el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris se convirtió en una máquina del tiempo. Regina Orozco presentó Regina Eterna, un espectáculo donde la música, el cabaret, los recuerdos y la participación del público se mezclaron para construir una velada llena de nostalgia, humor y emoción.
Un huevo de chocolate, un pequeño reloj y dos pianos fueron suficientes para abrir la puerta de un viaje por la memoria. En las manos de Regina Orozco, aquel objeto sencillo dejó de ser un dulce para convertirse en el símbolo de una historia: la posibilidad de regresar a los momentos que han formado una vida. Así comenzó Regina Eterna. Regina apareció en el escenario del Teatro de la Ciudad Esperanza Iris con el huevo entre sus manos. Lo abrió lentamente y mostró el pequeño reloj que, dentro de la narrativa del espectáculo, sería su máquina del tiempo.
Afuera, la calle de Donceles mantenía el movimiento de un viernes por la noche. Los asistentes llegaban con la expectativa de reencontrarse con una artista que ha hecho del escenario un lugar para contar historias. Poco antes de las 20:30 horas, el bullicio quedó atrás y la sala comenzó a guardar silencio.
Las luces se apagaron. Sobre el escenario solo estaban dos pianos frente a frente. Ricardo Martín-Jáuregui y Baldomero Jiménez ocuparon sus lugares y entonces apareció Regina. No necesitó una entrada espectacular; su presencia fue suficiente para llenar el escenario. La artista comenzó a contar que Regina Eterna nació de una pregunta que llegó con los años: cuántas vidas caben dentro de una sola persona. Aquella reflexión, surgida al cumplir 61 años, se transformó en un espectáculo donde dialoga con la joven que fue, con la mujer que descubrió el cabaret y con la artista que hoy mira el paso del tiempo con mayor tranquilidad.
La noche no fue solamente un concierto. Fue una conversación. Entre canciones aparecieron recuerdos, humor y personajes que forman parte del universo de Regina Orozco: María Félix, Michael Jackson, Rocío Dúrcal, Emilio "El Indio" Fernández, Juan Diego y la propia Esperanza Iris, cuyo teatro esa noche parecía convertirse también en parte de la historia.
El viaje musical comenzó con "El reloj", una elección que parecía inevitable para una noche dedicada al tiempo. Después llegó "Cantares", de Joan Manuel Serrat. La atmósfera cambió dentro de la sala; algunos asistentes seguían la letra en silencio y otros simplemente dejaban que la voz de Regina los acompañara. El repertorio continuó con "La nave del olvido", de Dino Ramos; "Vive", de José María Napoleón; "Volver", de Carlos Gardel; "Pájaros perdidos", de Astor Piazzolla; "100 años", de Rubén Fuentes, y "Ya se va aquella edad", de Pablo Milanés, una canción que resume el espíritu de Regina Eterna: aceptar lo vivido y continuar caminando. Cada canción abrió una puerta diferente. Algunas llevaron a la nostalgia; otras recordaron que la vida también se celebra. Pero todas compartieron una misma idea: el tiempo no solo pasa, también deja huellas que pueden volver a escucharse.
Pero la noche tenía un elemento especial: el público también podía decidir el rumbo del viaje. Desde las butacas comenzaron a escucharse peticiones y Regina dejó que la improvisación se apoderara del escenario. Cada solicitud convirtió la función en un momento único. —¡Por tu cobardía! La voz del público marcó el camino. Regina sonrió, miró a sus pianistas y aceptó la propuesta. Los primeros acordes llenaron el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris y la respuesta fue inmediata: aplausos y emoción.
Después llegó otra petición: —¡De mí enamórate! Regina sorprendió al público con una versión en estilo new age. Los dos pianos construyeron una atmósfera distinta, más íntima, donde una canción conocida adquirió nuevos matices. La sala permaneció atenta hasta la última nota.
La siguiente solicitud provocó sonrisas: —¡La gata bajo la lluvia! Regina volvió a jugar con la música. Junto a sus pianistas transformó el clásico popularizado por Rocío Dúrcal en un corrido tumbado. El resultado fue una mezcla de sorpresa, risas y aplausos. Era el espíritu del cabaret en su máxima expresión: atreverse a cambiar, jugar y darle otra vida a una canción. Después llegó el silencio. —¡La Llorona! La petición cambió por completo el ambiente del Teatro de la Ciudad Esperanza Iris. Regina aceptó el reto: "La Llorona en modo Chemo". Los primeros acordes marcaron una atmósfera diferente; la canción tomó otra fuerza y otra personalidad bajo la interpretación de Regina y sus pianistas.
Durante esos minutos desaparecieron las risas y quedó únicamente la emoción. El público permaneció atento, dejando que la voz llenara cada rincón del teatro. Cuando terminó, la respuesta fue una ovación prolongada. La celebración continuó con "I Will Survive", el clásico inmortalizado por Gloria Gaynor. Las palmas comenzaron a sonar desde las butacas y el teatro se llenó de energía. La canción se convirtió en un mensaje de resistencia, de fuerza y de la capacidad de seguir adelante. Pero Regina todavía tenía una última parada en este viaje por el tiempo. El cierre llegó con "Color esperanza", de Diego Torres. La elección resumió el espíritu de Regina Eterna: mirar el pasado con gratitud, vivir el presente y mantener la esperanza hacia lo que viene.
El público acompañó los últimos momentos de pie. Ya no era solamente Regina contando su historia; era un teatro entero compartiendo recuerdos propios a través de las canciones. Entre risas y confesiones, la artista compartió que este espectáculo también la transformó a ella. Aprendió a vivir con menos prisa, a disfrutar más cada etapa y a reconciliarse con el paso de los años. Además de la función, Regina presentó el EP Regina Eterna, con seis canciones disponibles en plataformas digitales, extendiendo el viaje musical más allá del escenario.
Cuando las últimas notas desaparecieron, los aplausos llenaron el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris. Regina agradeció varias veces antes de despedirse de un público que esa noche no solo fue testigo de un concierto, sino de una historia compartida.
Afuera, la calle de Donceles continuaba con su ritmo habitual. La ciudad seguía avanzando, pero quienes salieron del teatro llevaban algo distinto: la sensación de haber vivido una noche donde un pequeño reloj escondido dentro de un huevo de chocolate logró detener el tiempo.
Aunque solo fuera por unas horas.
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