Fotografía: Alicia García Carvallo
Redacción: Jhony Velasco
La noche del 17 de julio de 2026, el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris comenzó a llenarse de murmullos, miradas expectantes y la emoción de quienes esperaban una noche dedicada a Oaxaca. En el escenario estaba por comenzar Guelaguetza. Homenaje a la tradición, una representación dancística dirigida por Miguel Ángel Aja e interpretada por la Compañía de Danza “La Chancla”.
Antes de que las luces se apagaran, el ambiente ya anunciaba algo especial. El público aguardaba mientras el escenario se preparaba para recibir los colores, los sonidos y las historias de una tradición que se mantiene viva a través de la danza.
Cuando la música comenzó, el teatro se transformó. El escenario dejó de ser solamente un espacio de presentación para convertirse en un encuentro con Oaxaca, a través de sus sonidos, sus vestuarios y el movimiento de sus bailarines.
Durante poco más de una hora, cada presentación mostró la fuerza de una tradición que ha pasado de generación en generación. Los pasos, la música y los trajes no solo acompañaron la danza; contaron historias de comunidades, familias y recuerdos que permanecen con el paso del tiempo.
El Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, inaugurado en 1918, fue testigo de este encuentro entre la tradición oaxaqueña y el público. Sus muros acompañaron una noche donde la música, la danza y los textiles fueron protagonistas.
Desde las primeras escenas fue evidente el cuidado detrás de la representación dancística. Cada vestuario que apareció sobre el escenario tenía algo que contar: los bordados, los colores y los accesorios no eran únicamente elementos visuales, sino una forma de mostrar la identidad de quienes mantienen vivas estas expresiones culturales.
La iluminación acompañó cada momento de la función, creando diferentes atmósferas sin quitar protagonismo a los bailarines. Cada cambio de escena encontró su propio ritmo entre la música, el movimiento y la energía de los intérpretes.
Los aplausos comenzaron desde los primeros números y crecieron conforme avanzaba la noche. La conexión entre el público y los bailarines se hizo presente en cada danza.
Uno de los momentos más destacados fue la Danza de la Pluma. Los grandes penachos y la precisión de los movimientos llenaron el escenario con una de las representaciones más reconocidas de Oaxaca. La presencia de Moctezuma destacó por la fuerza visual de la interpretación.
Más adelante llegaron los sones y chilenas, con un ritmo distinto que mostró otra parte de la riqueza musical oaxaqueña.
Otro de los momentos más esperados fue Flor de Piña. Las bailarinas aparecieron con sus trajes tradicionales y las piñas sobre los hombros, llenando el escenario de color y movimiento. La coordinación de sus pasos provocó una de las mayores ovaciones de la noche.
Pero fue el Jarabe Mixteco el momento que tuvo un significado diferente para mí. Al escuchar el sonido del zapateado, sentí cómo vibró mi alma. Más allá de la técnica de los bailarines y la fuerza de sus movimientos, esa música abrió la puerta a un recuerdo que permanecía guardado.
Mientras observaba los pasos sobre el escenario, regresaron a mi memoria aquellas historias que mi abuelo me contaba cuando era niño, cuando hablaba de los tiempos en que él bailaba.
Otro instante quedó grabado en mi memoria cuando uno de los bailarines levantó su sombrero para saludar. Fue un gesto sencillo, pero lleno de significado. De inmediato recordé a mi abuelo cuando lo acompañaba a su pueblo y lo veía saludar con respeto y afecto a sus contemporáneos. En ese momento comprendí que las tradiciones no solo viven en la música o en la danza, sino también en esos pequeños gestos que pasan de una generación a otra.
Nunca pude verlo bailar, pero esa noche fue inevitable imaginarlo joven, siguiendo el ritmo de la música, con los pies marcando cada paso y formando parte de esa tradición. Por unos instantes, la danza dejó de ser solamente una presentación y se convirtió en un encuentro con la memoria familiar.
Entre las imágenes que dejó la noche también estuvieron las señoras con sus rebozos tradicionales. Su manera de portar esa prenda y la sencillez de sus movimientos me llevaron al recuerdo de mi abuelita, a esas mujeres que representan cuidado, sabiduría y la memoria de nuestras raíces.
En esos pequeños detalles es donde una tradición adquiere otro significado. No solamente se observa; también despierta recuerdos, emociones y la conexión con quienes estuvieron antes que nosotros.
El momento más emotivo llegó con Canción Mixteca. La melodía cambió el ambiente del teatro y durante algunos instantes el silencio acompañó cada nota. La pieza encontró un eco especial en el público, que respondió con un largo aplauso al finalizar.
La dirección artística de Miguel Ángel Aja logró reunir música, danza, iluminación y vestuario en una representación donde cada elemento tuvo un propósito. Más allá de presentar bailes tradicionales, la función mostró que la Guelaguetza es una forma de mantener viva la memoria de un pueblo.
Al finalizar la presentación, los aplausos acompañaron la salida del elenco al escenario. Fue el reconocimiento a una noche donde Oaxaca estuvo presente a través de sus sonidos, sus colores y las historias que cada espectador pudo llevarse consigo.
Guelaguetza. Homenaje a la tradición dejó una certeza: las tradiciones no solamente viven en los lugares donde nacieron; también permanecen en la memoria de quienes las sienten, las recuerdan y encuentran en ellas una parte de su propia historia.
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