Pedro y Julián en CDMX: una obra que no solo se ve, se queda contigo

Publicado el 25 de abril de 2026, 14:47

Fotografía: Regina Álvarez 

Redacción: Jhony Velasco 

Este 25 de abril de 2026, el Teatro Benito Juárez fue escenario de Pedro y Julián, una obra escrita y dirigida por Conchi León, bajo la producción de la compañía Saas Tun. Una de esas propuestas de teatro en CDMX a las que entras sin saber muy bien qué esperar… y de las que sales con algo difícil de nombrar, pero imposible de ignorar.
Desde el inicio, la atmósfera hace su trabajo. No hay prisa, no hay estridencia. La luz, los silencios y los movimientos construyen un espacio íntimo donde cada detalle importa. Poco a poco, el espectador deja de solo observar y empieza a sentir: el calor de un hogar, la cercanía entre los personajes, incluso la calma compartida en la sala.
La historia comienza de forma sencilla: Paloma vuelve a Mérida para visitar a su madre. Pero la situación cambia cuando debe hacerse cargo de Pedro y Julián, dos niños que ya arrastran vivencias que no corresponden a su edad. A partir de ahí, la obra deja de ser lineal y se convierte en una exploración emocional mucho más profunda.
Una historia que te alcanza sin avisar
Aquí no hay giros espectaculares ni recursos grandilocuentes. Lo que hay es algo más complejo: honestidad.
Las escenas cotidianas —cocinar, convivir, compartir silencios— tienen un peso especial. Se sienten cercanas, reconocibles, como fragmentos de una vida que podría ser la de cualquiera. Y es justo ahí donde la obra conecta.
Más que una obra, un reflejo
Sin darte cuenta, empiezas a verte en lo que ocurre en escena. En los vínculos, en las ausencias, en las formas de cuidar.
La pregunta que queda flotando no se responde de inmediato, pero acompaña:
¿Qué hace realmente a una familia?
La obra no busca dar una respuesta única. La construye a través de momentos pequeños, de afectos imperfectos, de decisiones difíciles… como sucede fuera del teatro.
Una propuesta que apuesta por lo emocional
En una cartelera donde muchas veces se busca impactar desde lo visual o lo inmediato, Pedro y Julián elige otro camino: el de la sensibilidad.
No fuerza al espectador, lo invita. Y en ese ritmo pausado encuentra su mayor fuerza.
Al final, lo que queda no es una escena específica ni un diálogo en particular, sino la sensación de haber vivido algo cercano.
Una experiencia que permanece
Cuando las luces se apagan, algo sigue presente.
Tal vez un recuerdo, tal vez una emoción… o quizá la certeza de que el hogar no siempre es un lugar, sino un acto: el de cuidar y ser cuidado.

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