Fotografía y redacción: Jhonny Velasco
Ciudad de México, 20 de febrero de 2026.
Con un teatro completamente entregado y una descarga de ironía, virtuosismo y complicidad escénica, Sergio Arau y su “Tocada y Fuga, una StandÓpera” transformaron la noche del viernes en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris en un manifiesto musical que culminó con un cierre explosivo al ritmo de “Alarma de Tos”.
Desde las 19:35 horas, el escenario se convirtió en territorio de crítica inteligente y humor ácido. Arau desplegó su característico estilo híbrido —entre concierto, monólogo y teatralidad operística— logrando que cada acorde se sintiera como una declaración y cada silencio como una pausa calculada.
La sorpresa creció cuando comenzaron a desfilar invitados que elevaron la temperatura emocional del recinto. Karla Rico aportó presencia escénica y matices vocales que suavizaron y contrastaron la potencia del ensamble. Luis Álvarez, vocalista de El Haragán y Compañía, imprimió ese sello de barrio, rebeldía y rock urbano que hizo vibrar las butacas con fuerza cruda y auténtica. Desde la intensidad dramática y profunda, Salvador Moreno, vocalista de La Castañeda, añadió una capa teatral que envolvió el teatro con una energía visceral que el público recibió con euforia. La participación de Horacio Flores consolidó un momento de comunión musical donde el escenario dejó de ser plataforma para convertirse en un ritual colectivo.
La escena era visualmente magnética: contraluces delineando siluetas, haces de luz atravesando el humo escénico, gestos suspendidos entre sombras y destellos dorados. El sonido no solo se escuchaba; golpeaba el pecho, vibraba en el diafragma y recorría la piel como una descarga eléctrica. Las risas y los aplausos se mezclaban con coros espontáneos que crecían bajo la cúpula del histórico recinto.
La narrativa del espectáculo fue escalando con precisión: comenzó en tono satírico, avanzó hacia la crítica social cargada de ironía y terminó en una explosión de identidad rockera. El cierre con “Alarma de Tos” fue catártico. Bastaron los primeros acordes para que las luces de los celulares iluminaran la sala y las voces se fundieran en un solo coro. El teatro vibraba como una sola entidad; el piso parecía latir al compás de la canción.
Más que un concierto, fue una experiencia sensorial completa: luces cálidas reflejándose en la arquitectura art nouveau, el aroma tenue a madera antigua mezclado con la electricidad del público, el retumbar grave que permanecía suspendido en el aire incluso después del último acorde.
El Teatro de la Ciudad Esperanza Iris reafirmó su lugar como epicentro de propuestas que desafían géneros y provocan reflexión. Sergio Arau no solo ofreció entretenimiento: entregó una noche que conecta, sacude y permanece en la memoria colectiva.
La ovación final fue larga, sincera y contundente. Y mientras las luces se encendían lentamente, quedó claro que lo vivido no fue solo un espectáculo: fue una experiencia que se sintió en cada fibra del cuerpo.
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