Orgullo de México Catrinas Regionales con su proyecto catrinas arcoiris en la CDMX

Publicado el 26 de enero de 2026, 9:39

Fotografía y redacción: Jhony Velasco 


El color que se escucha, se huele y se queda en la piel
Ciudad de México.— el pasado sabado 24 de enero las catrinas arcoíris aparecieron en la Ciudad de México y el aire cambió. No fue una metáfora: se notó. El olor a ciudad —asfalto tibio, polvo, flores cercanas— se mezcló con una quietud extraña. La gente bajó el paso. Algo estaba ocurriendo y el cuerpo lo supo antes que la mente.
Los colores vibraban como si emitieran un pulso. El arcoíris no se veía plano; tenía peso, tenía textura. La pintura atrapaba la luz y la devolvía en capas, obligando a los ojos a recorrer cada trazo lentamente, casi con respeto. Las catrinas no miraban: sostenían la mirada. Había en ellas una presencia que rozaba la piel, como cuando alguien está demasiado cerca y no toca.

El sonido de la CDMX se volvió un murmullo lejano. Los cláxones quedaron atrás. Lo que se escuchaba era el roce de los pasos, el clic seco de las cámaras, respiraciones profundas. Algunas risas suaves. Silencios largos. El oído entró en modo atención. Ese silencio lleno que solo aparece cuando algo importa.
El cuerpo reaccionó. Espaldas que se enderezan. Manos que se acercan sin tocar. Narices que registran el olor mezclado de ciudad viva y memoria antigua. Las catrinas activaron recuerdos sin pedir, maquillaje y fiestas


Cuando el recorrido terminó, la ciudad siguió. Pero algo quedó impregnado, como el olor después de la lluvia o el eco de un tambor lejano. Las catrinas arcoíris no se miraron: se sintieron. Y en la CDMX, donde casi nada se detiene, lograr eso es dejar huella. 

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